febrero 17, 2018

Paro Internacional de Mujeres… ¿Cuba?


Ilustración: Alina Najlis.

Si nuestro trabajo no importa, produzcan sin nosotras. Esa es, nuevamente, la consigna principal del segundo Paro Internacional de Mujeres, convocado para el próximo 8 de marzo. Los hashtags #HaciaLaHuelgaFeminista y #WomensStrike han comenzado a llenar el ambiente y medios de prensa de todo el mundo dan seguimiento al proceso que comenzó a gestarse en el último mayo.

El primer paro tuvo presencia en los cinco continentes. Este se prevé aún mayor. Setenta países están convocados. En su antesala se discute para qué el paro y cómo hacerlo, se evalúa lo sucedido en 2017, se innovan estrategias, se crean alianzas.

Algunos alegarán que es un sinsentido. En definitiva, nadie ha dicho que el trabajo femenino no importe. ¿Qué mentes enloquecidas forman semejante barullo frente a algo que, al menos en una parte considerable del globo, ya es derecho asegurado? Esa lucha es agua pasada desde que las mujeres tienen derecho al voto, reconocimiento de sus propiedades, presencia en los órganos políticos, en el mercado laboral, en las escuelas y universidades. Dirán.

Quizás otros, desde nuestra orilla del Caribe, reconocerán la legitimidad del empeño. Acto seguido acotarán que, para nuestra suerte, los motivos del paro no tienen que ver con el estado de cosas en la Casa Cuba. Conversaré con unos y otros.

La consigna del Paro invita a pensar sobre el trabajo que las mujeres realizamos y que es invisible en sociedades aparentemente igualitarias. Ese trabajo es invisible para instituciones, políticas públicas, estadísticas y cuentas nacionales. (Con notables excepciones, el trabajo no remunerado, realizado habitualmente por mujeres, no entra en las cuentas del PIB ni en otro indicador económico). La consigna invita a pensar, incluso, que puede ser invisible para nosotras mismas cuando, en lugar de trabajo, lo llamamos deber, moral, amor.

Si las mujeres paramos, ¿qué pasa? La respuesta hay que buscarla en la división sexual del trabajo. Las mujeres trabajamos más en peores condiciones, trabajamos más con menos ingresos, somos más vulnerables a los despidos, tenemos menos activos económicos y más dificultades para la contratación laboral si estamos en edad fértil o pensamos tener hijos.

Seguramente tendremos un acuerdo básico si invito a pensar en la tan nombrada “doble jornada femenina”. Nadie se atrevería a desmentirla. La etiqueta bautiza el hecho de que muchas mujeres realizan una jornada de trabajo asalariado y, además, una jornada de trabajo no remunerado en sus hogares, como cuidadoras. Esa última es poco o nada reconocida y, explícitamente o por omisión, se considera trabajo no productivo. En países de América Latina, las mujeres dedicamos un promedio de 39,13 horas semanales al trabajo no remunerado en los hogares; los hombres, 13,72.

Siguiendo esa línea, según las estadísticas disponibles, casi la mitad de las mujeres cubanas que integran la población en edad laboral no producen. No tienen relación laboral formal en ningún sector productivo o de servicios. Sin embargo, sí producen. Producen fuerza de trabajo –para el mercado laboral capitalista y / o para la Patria socialista, como prefieran. Reproducen la vida en situaciones de escasez aguda y de carencia de infraestructuras públicas de cuidados. En ese grupo también están las mujeres que trabajan solo como cuidadoras durante años y son calificadas, eufemísticamente, como “amas de casa”.

El Paro Internacional de Mujeres denuncia lo anterior; complejiza el concepto de trabajo. Hace lo mismo con la violencia, y evidencia las cargas que soportan las mujeres. Propone que revisemos cómo convivimos, cómo trabajamos, cómo consumimos y cómo cuidamos.

Que sean las mujeres las que paren, mostrará cuáles son los sectores que están más feminizados y el peso que tiene la fuerza de trabajo femenina en la economía de los países. Denunciará, además, el no reconocimiento del trabajo femenino en los espacios “privados”.

La propuesta es un paro de trabajo, consumo y cuidados. Así se interpelará el orden de los lugares de trabajo asalariado, de los hogares, las cocinas, los cuartos, los mercados. De cada casa. El orden que reproduce el trabajo precario y empobrece los márgenes de las ciudades y los campos. El orden que excluye más a las mujeres negras, a las mujeres transexuales, lesbianas, sexualmente diversas. Por tanto, será un nuevo momento donde preguntarnos: ¿Por qué paran las otras mujeres? ¿Por qué yo pararía? ¿Por qué no?

La convocatoria reconoce también que hay trabajos que no pueden parar. Trabajos de cuidados que nadie más puede realizar, trabajos que, de detenerse, resultarán en desempleo seguro cuando es la única fuente de ingresos, por ejemplo. En esos casos, se invita a denunciar justamente los motivos por los cuales no se puede parar.
Las mujeres cubanas, ¿tenemos razones?

En 2017 hubo noticia de algunas instituciones cubanas que el 8 de marzo se pronunciaron respecto al Paro Internacional de Mujeres. El Instituto de Filosofía, el Centro Oscar Arnulfo Romero, el Centro Pablo. Mariela Castro, directora del CENESEX, hizo una declaración de solidaridad.

Más allá, el asunto estuvo casi ausente en los medios oficiales y no oficiales. No tuvo prioridad en la madeja de cuestiones que importaron en primer plano.

El 8 de marzo, no obstante, no se pasó por alto. En Cuba la fecha es celebratoria. En 2017 se habló sobre el lugar de las mujeres en la política cubana, en la ciencia, en el ámbito “productivo”. Se mencionaron las opciones recreativas y culturales preparadas para ese día, se destacó la virtud del esfuerzo y la ternura femenina, se destinaron ingentes comentarios a las postales florecidas. Se siguió, en definitiva, el guion que acredita un 8 de marzo local como fecha “de alegría y reconocimiento a las féminas cubanas”.

Con esos gestos se recuerda que la legislación revolucionaria cubana se ha identificado con la promoción de la presencia y equidad de las mujeres en los espacios productivos y de dirección, y que gozamos de derechos aún incumplidos por otros Estados. Entre ellos, el aborto, una licencia de maternidad extensa, una licencia de paternidad que legalmente –no así culturalmente– permite compartir los cuidados tempranos, etcétera. Es cierto que lo anterior es imprescindible para cualquier análisis sobre las mujeres en Cuba.

Se nos recuerda menos –también hay que decirlo– que en nuestro país las mujeres estamos sobrerrepresentadas en los grupos de menores ingresos y en la franja de pobreza; subrepresentadas en el sector no estatal de la economía, que es el que provee mayores ingresos; que tenemos una mayor carga de horas de trabajo en el hogar y en las actividades de cuidado; que el acoso sexual callejerorequiere políticas públicas que lo afronten al igual que los feminicidios y otras formas de violencia; que contamos con una precaria infraestructura de los cuidados; y que el actual proceso de transformaciones está develando desigual empoderamiento entre hombres y mujeres, por ejemplo.

Entonces, ¿tiene sentido pensar en el paro? ¿Este 8 de marzo tendrá la misma discreta resonancia que en 2017?

La Cuba de hoy no es la misma que la de hace un año. Entre los cambios apreciables está una mayor preocupación social por las condiciones de las mujeres. 

De marzo pasado a la fecha, los medios oficiales y no oficiales han incluido más contenidos relacionados con las desigualdades de género. Hay evidencia suficiente del cambio. Instituciones no gubernamentales y proyectos ciudadanos avocados a esta cuestión, continuaron ganando presencia pública.

Además, se creó en Cienfuegos el primer gabinete jurídico sobre violencia de género. La fecha de su anuncio coincidió con la comunicación –por primera vez en la prensa estatal– de un caso de feminicidioen esa misma provincia. Se tuvo noticia al menos de otro caso, a través de la denuncia de un colectivo feminista.

También durante este año se ha anunciado que se publicarán los resultados de una encuesta nacional de igualdad de género realizada por el Centro de Estudios de la Mujer en 2016. Y se han presentado fragmentos de estos en espacios públicos.

El año 2017 también registró la creación, consolidación y mayor presencia de grupos, proyectos y organizaciones preocupados por las desigualdades en general y las desigualdades de género en específico. Ese empeño es evidente, también, en publicaciones y debates acerca de derechos, política, cultura, y procesos sociales.

El lapso entre el primer y el segundo Paro Internacional de Mujeres no nos dijo mucho sobre la desprotección del trabajo sexual; la exclusión en base a la orientación sexual; la sexualización de las mujeres en medio de la transformación política y económica; ni sobre la presencia o ausencia de agendas feministas en la institucionalidad política cubana en el actual proceso electoral.

Sin embargo, aún sostengo que estamos en otro lugar. Quizás de mayores y mejores preguntas. Frente a ello, ¿en qué claves los medios abordarán el Paro Internacional de Mujeres? ¿Identificaremos algún camino para acompañar el paro? ¿Pensaremos nuestras razones para parar, o no parar?

Organizadoras de esta huelga han declarado que el objetivo es que “nadie mire para otro lado”. ¿Cuba hacia dónde mirará?

Fuente: oncubamagazine

La equidad de género se logra pasando de la promesa a la acción

Manifestantes protestan afuera del Cliba de la Prensa de Lahore, capital de la provincia de Punyab, en Pakistán el 12 de julio de 2016 en relcamo de justicia para las víctimas de violencia sexual. Crédit: Irfan Ahmed/IPS.

La permanente discriminación de género generalizada socava el desarrollo sostenible e impide que las comunidades y los países desplieguen todo su potencial, poniendo en riesgo la concreción de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

En un nuevo e innovador informe, ONU Mujeres analiza, a través del lente de género, el avance hacia el cumplimiento de los ODS, adoptados en septiembre de 2015.

El ODS cinco subraya especialmente la necesidad de lograr la equidad de género, pero el informe señala una tendencia preocupante en la implementación de los objetivos e invita a la comunidad internacional a acelerar sus esfuerzos hacia el cumplimiento de las metas de desarrollo sostenible.

“A menos que se acelere (el avance hacia) la equidad de género, la comunidad mundial no logrará los ODS”, alertó la autora del documento Ginette Azona, especialista de Investigación y Datos de ONU Mujeres.

Una de cada cinco dijeron #MeToo (Yo también)

Entre los asuntos en que se concentra el informe, se destaca la violencia y el acoso sexual.

ONU Mujeres concluyó que aproximadamente una de cada cinco mujeres y niñas entre 15 y 49 años sufrieron violencia física y/o sexual de parte de una pareja en los últimos 12 meses, previos a realizada la consulta, en todo el mundo.

Sin embargo, 49 países todavía no tienen leyes que protejan a la población femenina de ese tipo de violencia.

El asunto saltó a la luz pública en los últimos meses porque millones de mujeres se unieron a la campaña #MeToo (Yo también) en las redes sociales que busca denunciar la magnitud del acoso y otras formas de violencia que sufren a diario en todo el mundo.

Originalmente, el movimiento #MeToo surgió hace 10 años de la mano de la activista Tarana Burke; este último impulso inspiró a muchas mujeres a contar sus historias, incluso a actrices y otras personas conocidas públicamente.

“El movimiento de mujeres trabaja desde hace años para generar conciencia sobre las diferentes formas de violencia y abuso que sufren mujeres y niñas”, dijo Azona a IPS. “Este último impulso es una inyección de energía bienvenida para un área importante, pero a menudo desatendida”, explicó Azona.

La renovada atención ayudará a promover numerosos ODS como el acceso seguro a espacios públicos, añadió.

Factores múltiples

ONU Mujeres se concentró particularmente en los datos sobre pobreza, que revelan una brecha permanente entre hombres y mujeres.

En 89 países, 4,4 millones mujeres más que hombres viven con menos de 1,90 dólares al día.

Eso se debe a la desproporcionada carga de cuidados y trabajo doméstico no remunerado que recae en la población femenina, en especial durante sus años fértiles.

La pobreza no está aislada en la vida de las mujeres y las niñas, pues diferentes dimensiones de bienestar, privación y hasta de identidad racial suelen entrecruzarse.

Por ejemplo, una niña nacida en un hogar pobre tiene más probabilidades de tener un matrimonio precoz y, por ende, de abandonar la escuela, tener hijos muy joven, sufrir complicaciones durante el parto y soportar violencia, que una niña de un hogar de mayores ingresos.

“Es el cruzamiento de las cuestiones de género con otras formas de discriminación lo que deja a mujeres y niñas de sectores pobres y marginados más rezagadas”, explicó Azona.

En Estados Unidos, por ejemplo, el origen étnico y los ingresos están profundamente interrelacionados.

ONU Mujeres concluyó que mujeres negras, hispanas e indígenas, incluso de Alaska tienen más probabilidades de vivir en la pobreza. Hay más mujeres negras pobres, casi 24 por ciento, que cualquiera de los otros sectores.

Las mujeres que se encuentran en el quintil de ingresos más bajo tienen menos probabilidades de encontrar un empleo y, por ello, carecen de acceso a seguros de salud.

Las privaciones que sufren las mujeres atraviesan los 17 ODS, por lo que el informe de ONU Mujeres subraya la necesidad de lograr avances en todos los objetivos, no solo en el de lograr la equidad de género.

“Los avances en algunos frentes podrían verse socavados por retrocesos y por estancamiento en otros, y pueden perderse posibles sinergias si los enfoques aislados de implementación prevalecen sobre estrategias integradas y multisectoriales”, señalan.

Entre las recomendaciones para la acción, el informe señala que los gobiernos creen e implementen políticas integradas.

Por ejemplo, ofrecer atención gratuita y universal para niñas y niños les permitiría acceder a un empleo y a mejores ingresos, además de mejorar la salud y el bienestar familiar.

La atención médica infantil universal también puede contribuir a generar nuevos puestos de trabajo e ingresos.

Azona también subrayó la necesidad de contar con espacios para un debate democrático a fin de que los gobiernos se hagan responsables de sus promesas, incluso con la participación sostenida de las organizaciones femeninas.

“Hacer frente a la violencia y a la desigualdad, después de todo, es clave para lograr una estabilidad social y política mayor”, añadió.


Traducido por Verónica Firme

NACIONES UNIDAS, IPS- 

febrero 16, 2018

“Niñas y niños tienen que saber que viven en una sociedad patriarcal que favorece a la parte masculina” .La autora de 'Educar en feminismo', Iria Marañón, alega que no existe una educación en igualdad real y que los mensajes dirigidos a la infancia mantienen los estereotipos

Niña juega en el salón de su casa a ser una soldado. GETTY IMAGES


Iria Marañón, filóloga, editora y autora del blog feminista Comecuentos Makers, acaba de publicar Educar en feminismo, un libro en el que incide en luchar para acabar con los estereotipos de género y así abrirnos los ojos ante una realidad: que no estamos educando a nuestros hijos e hijas en una igualdad “real”: “No nos damos cuenta de que si no permitimos ni fomentamos que un niño pueda jugar con muñecos y casas de muñecas, el día de mañana no va a ser un padre implicado y no va a asumir los cuidados y la corresponsabilidad en el hogar como propia. Y si nuestras niñas no juegan a ser superheroinas, no creerán que tienen la capacidad de cambiar el mundo”, afirma Marañón. Nos adentramos en los entresijos de su libro.

La autora Iria Marañón.


PREGUNTA. El título de tu libro es potente: Educar en el feminismo, ¿qué quieres transmitir con este mensaje?

RESPUESTA. Quiero transmitir que es necesario empezar a resolver el problema del sexismo y el machismo desde la educación, en el momento en el que nacen. Necesitamos educar en justicia, libertad e igualdad para que nuestra sociedad mejore; eliminar la violencia machista, las diferencias sociales y los estereotipos, para que sean libres de expresarse como prefieran; educar en la diversidad, para que vean que hay muchas maneras de ser una niña o un niño.

P. ¿Cómo defines el feminismo?

R. El feminismo es un movimiento que pide justicia y libertad para las mujeres. Vivimos en un sistema patriarcal que oprime a las mujeres, que son las que sufren mayoritariamente la pobreza, la brecha salarial, la violencia machista, la infrarrepresentación, la invisibilidad. Es necesario corregir todas las desigualdades para que nuestra sociedad sea más justa y más libre. Para esto, es necesario el feminismo, un movimiento con siglos de historia y que es vanguardia porque reclama derechos para las mujeres cuando ni ellas mismas saben que necesitan esos derechos. Y que además beneficia a los varones, porque les libera de la presión de mantener su posición en el sistema patriarcal.

P. El libro llega tras un 2017 que ha sido importante para el movimiento feminista, con múltiples acontecimientos que lo han potenciado. ¿Es hoy más fácil educar en el feminismo?

R. Hoy hay más conciencia social. Creo que estamos más abiertos a oír hablar de feminismo y de cómo educar a nuestras niñas y niños en esta línea. Incluso hay libros, películas y referentes que antes no teníamos para poder llenar nuestro entorno de referentes positivos y diversos. Sin embargo, todavía no es fácil, porque muchos estímulos que reciben fuera de casa siguen siendo los mismos, no han variado. Queda mucho trabajo por hacer.

P. ¿A qué edad son los niños conscientes de la diferencia entre géneros?

R. En cuanto toman conciencia de sí mismos. Según un estudio publicado en 2017, las niñas a partir de los 6 años se sienten menos inteligentes que los niños. Esto es así porque, desde que nacen, la sociedad les lanza mensajes que les dicen qué lugar ocupan en la sociedad. Y ese lugar está cuidando bebés, haciendo comiditas y maquillándose. Les decimos “pórtate como una señorita” o “las niñas buenas no son mandonas”, por lo que ellas mismas sabrán cuál es su papel en la sociedad desde muy pronto.

Mientras tanto, los niños juegan con superhéroes y tortugas ninja que les transmiten que son capaces de cambiar el mundo, o pistolas y espadas donde se sienten poderosos y fomentan su agresividad. Además, les decimos que “los niños no lloran” y “pórtate como un hombre”. Desde que son muy pequeños van a ser conscientes de que cada uno ocupa un lugar diferente. Y el gran problema es que ese lugar diferente, genera muchas desproporciones.

GETTY IMAGES


P. ¿Es posible huir de estos estereotipos?

R. Debemos intentar suavizarlos. Nuestros niños volverán a casa diciendo que el “rosa es de niñas” o que las “niñas no pueden ser futbolistas” por los mensajes que reciben de la sociedad y en el colegio. Pero debemos insistir en la igualdad y cuando vayan creciendo entenderán las injusticias que este tipo de prejuicios genera.

P. ¿Cuál sería tu principal consejo para que los padres eduquen hacia la igualdad?

R. El ejemplo se debe dar en casa. Tienen que ver que hay corresponsabilidad real, donde ambos asumen las tareas del cuidado y del hogar equitativamente. Debemos enseñarles que la violencia no se puede usar para solucionar nada y que tienen que aprender a resolver sus conflictos de forma pacífica gracias a la negociación. Además, tenemos que proponerles referentes femeninos diversos para que vean que las mujeres somos capaces de conseguir cualquier logro. En casa, deberíamos hablar con un lenguaje inclusivo que las nombre también a ellas, romper los estereotipos con los juegos y juguetes y evitar decir expresiones que les limiten desarrollarse plenamente. Tenemos que enseñarles a ser críticos con cualquier manifestación machista o sexista que se presente en el cine, los libros, la televisión, o en el colegio. Y darles libertad para que expresen su feminidad y masculinidad como prefieran.


En casa, deberíamos hablar con un lenguaje inclusivo que las nombre también a ellas, romper los estereotipos con los juegos y juguetes y evitar decir expresiones que les limiten desarrollarse plenamente

P. Entonces, ¿cómo podemos ayudar a los niños a que entiendan el feminismo?

R. Los niños tienen que aprender a solucionar cualquier conflicto sin violencia. Debemos fomentar en ellos la sensibilidad y la comunicación para que aprendan a gestionar correctamente sus emociones. Tienen que aprender empatía, para poder ponerse en el lugar del otro. Además, es fundamental la autonomía, que todos sean capaces de cuidarse y responsabilizarse de sus propias cosas. Hay que insistir en que se comprometan con los cuidados y las tareas del hogar y fomentar que sean generosos y que respeten y escuchen a las niñas y mujeres. Hay que hacerlos críticos. Niñas y niños tienen que saber que vivimos en una sociedad patriarcal que favorece a la parte masculina, tienen que saber qué es un estereotipo y cómo romperlo. Y deben aprender a vivir con las gafas violetas puestas, un filtro que resalta cuando están siendo testigos de una actitud, comportamiento o lenguaje sexista, machista o misógino. O cuando ellos mismos, o incluso nosotros, estamos perpetuando ese comportamiento.

P. ¿Y cuáles serían las pautas a seguir con las niñas?

R. Nuestras niñas tienen que aprender asertividad para ser capaces de decir lo que sienten y defender sus derechos sin agredir y con respeto. Tienen que aprender a negarse a hacer algo que no les apetece hacer, ya que nos educan para ser complacientes y cuando somos adultas, nos cuesta decir que “no”. Debemos fomentarles la autoestima para que se sientan seguras de sí mismas, el espíritu de lucha para que sepan que son capaces de conseguir cualquier cosa, la valentía para tomar decisiones y el liderazgo, para que sean capaces de romper techos de cristal y abrir camino, que sepan que pueden conseguir lo que se propongan.

P. Desde tu punto de vista como madre de dos hijas, ¿cómo has llevado esa dualidad que contrapone lo que tú les enseñas y lo que les transmite la sociedad?


Por nuestra parte tenemos que señalar el machismo y el sexismo allí donde lo veamos, y que nuestras niñas y niños aprendan a identificarlo

R. Hay que ser flexibles y muchas veces dejar que ellas mismas se den cuenta de las cosas. Hay una edad en la que por mucho que tú les digas que el estereotipo de princesa sumisa, complaciente y rescatada por un príncipe no es positivo, ellas quieren disfrazarse de Blancanieves, y jugar a la Cenicienta pese a quien pese. Por nuestra parte tenemos que señalar el machismo y el sexismo allí donde lo veamos, y que nuestras niñas y niños aprendan a identificarlo. No es algo que se consiga en un día, es una carrera de fondo. Yo misma aprendo cada día sobre igualdad.

P. ¿Podría evitarse este cambio tan evidente de percepción y de comportamiento con una coeducación verdadera, tanto en casa como en las aulas?

R. Sí. Es fundamental educar en igualdad para que nuestras niñas y niños sientan que pueden ser capaces de las mismas cosas. Y coeducar no significa educar niñas y niños, sino educar en igualdad. Con los mismos referentes, rompiendo los estereotipos, forzando un cambio.

P. Cuando llega la adolescencia parece que los valores están más asentados, ¿resulta más difícil reorganizar su cerebro o comportamiento hacia la igualdad?

R. Sí, porque ya llevan en la mochila muchos años de un sistema patriarcal que ha calado hondo y que tienen completamente normalizado, por lo que es más fácil hacerle ver el sexismo durante la infancia que a un adolescente, que ya ha desarrollado el pensamiento crítico y da por sentadas determinadas cosas. Sin embargo, tenemos que seguir insistiendo y es fundamental trabajar con ellos, porque son los que van a mantener los comportamientos sexistas y es en ese momento en el que van a empezar a ejercer de forma más evidente su poder.

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P. Algunos adolescentes siguen perpetuando actitudes machistas, incluso con mayor intensidad que generaciones anteriores. ¿Qué estamos haciendo mal?

R. No existe una educación en igualdad real. Los mensajes dirigidos a la infancia mantienen los estereotipos. Seguimos usando un lenguaje no inclusivo, repetimos dinámicas, frases y comportamientos que les mandan el mensaje de que los hombres tienen el poder, deben esconder sus emociones y las mujeres deben ser sumisas y complacientes. El germen perfecto para que nuestros adolescentes ejerzan control y violencia machista.

R. ¿Es tiempo de utopías y revoluciones feministas? ¿Cómo comenzamos?

De hecho, creo que es el mejor momento. Hace 150 años parecía utópico que las mujeres pudieran votar, algo que hoy damos por sentado. Hoy, la coeducación es antisistema porque el sistema que prevalece sigue siendo sexista, y hay que cambiar el sistema entero. Si educamos a las niñas y niños de hoy en el feminismo, es posible que las futuras generaciones vivan en una sociedad mucho más justa. Por eso tenemos que ser optimistas. Podemos comenzar despertando conciencias a través de leyes que corrijan la desigualdad: cuotas, bajas maternales y paternales iguales e intransferibles, perspectiva de género en los currículos educativos de forma interdisciplinar, asignaturas específicas de igualdad y que eduquen a nuestros adolescentes sobre relaciones afectivo–sexuales, leyes que condenen la apología del sexismo o del machismo en medios, publicidad, etc. Si en casa coeducamos, pero ni el resto de la ciudadanía ni el colegio lo hacen, vamos a estar haciendo palanca constantemente con la sociedad: por mucho que le digamos a un niño que el rosa es para niños y niñas, volverá del colegio diciendo que no se pone un jersey rosa porque “es de niñas”. Por lo tanto, la sociedad debería estar concienciada, los propios adultos deberíamos ser los primeros en deshacernos de los prejuicios, abrir nuestra mente a nuevos referentes, nuevas masculinidades y feminidades, eliminar el dualismo de género niña-niño, tener presente siempre la perspectiva de género. Así crearemos cultura igualitaria, y nuestras niñas y niños podrán ver series y películas no sexistas, publicidad y literatura diversa, hablaremos con un lenguaje inclusivo, y educaremos a nuestras criaturas en igualdad real.

P. ¿Hay algo que te gustaría añadir?

R. Yo hablo de empoderar a las niñas, de educarlas para que sean capaces de romper techos de cristal, pero soy muy consciente de que lo hago desde mi posición de mujer privilegiada. En este tema, hay unas raíces mucho más profundas, porque las mujeres que sienten la opresión de forma más acuciante no pueden pensar en empoderar a sus hijas y ni se plantean romper techos de cristal, porque sencillamente solo piensan en sobrevivir cada día. Para solucionar esto, debemos repensar el sistema económico y financiero actual, los sistemas de poder, y profundizar más para encontrar las soluciones a un problema muy grave que genera grandes desigualdades sociales.

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Violaciones y otras monstruosidades



Según un reciente informe del portal Ojo Público, 3,125 personas han sido encarceladas por crímenes sexuales en los últimos cuatro años.[1] Es una cifra que nos llena de espanto, aunque al hablar de “personas”, perdemos la constatación de que la violación sexual es un crimen que cometen sobre todo hombres. No significa que no haya mujeres que estén detenidas por violación sexual, pero no alcanzan la dimensión masculina, pues como lo hemos dicho enésimas veces, la violación sexual no solo se dirige a la satisfacción erótica, sino que es un asunto de poder. Como dice Rita Segato, “el crimen sexual es un crimen del poder”[2], de poder del hombre sobre las mujeres, sobre los niños y las niñas a las que somete. Según ha declarado Carlos Vásquez Ganoza,el jefe del Instituto Nacional Penitenciario (INPE), hay 7,907 presos por violación sexual,[3] siendo la violación sexual de menores de edad el segundo delito más común entre los reos que cumplen condena en los diferentes centros penitenciarios del país. Entre todas las víctimas de violación sexual, el 76% son menores de edad.

Datos oficiales también dan cuenta de otra dimensión de la problemática, y es que el 78% de las víctimas conocía al perpetrador, que era un conocido o un familiar, primo, tío, padrastro e incluso el propio padre.

Esto es lo que más espanta en los casos de abuso de las menores de edad, el que sea el propio padre, un familiar o alguien en quien confían que las someta desde tan niñas al abuso sexual y al silencio, al miedo de alguien a quien se debería amar, respetar, al terror de un hombre, de un adulto que debería ofrecerles a las niñas un espacio seguro para crecer con libertad.

Las cifras de espanto y las denuncias públicas en los últimos tiempos nos están permitiendo visiblizar una problemática que está sumamente extendida en el país, en el mundo, que lamentablemente se coloca en la agenda solo cuando casos cruentos nos estallan en la cara cada cierto tiempo, como el de la niña de 8 años que se vio obligada a parir un hijo de su propio padre, o el de la niña violada y quemada en las narices de la policía. Saltan entonces ciertos sectores a pedir la pena de muerte, como si matar a cientos de hombres va a terminar con las relaciones de poder, con los deseos de dominación y control que están implícitos en las violaciones sexuales. Sin negar que hay muchas personas que, cegadas por la rabia y la impunidad que reina, piden la pena de muerte, hay determinados sectores que perversamente quieren hacer uso de estos hechos para satisfacer sus propios intereses, como es el de proponer salirnos de la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y, por lo tanto, abdicar del derecho internacional que suele ser el único en el que muchas personas logran encontrar justicia.

“Hay que matar a los monstruos”, gritan blandiendo las espadas, pidiendo el descuartizamiento o una bala, como si de esta forma quisieran exorcizar el hecho de que los mal llamado monstruos están muy cerca, que no provienen de cuevas, ni tienen el rostro desfigurado o señales externas que nos ayuden a determinar que son violadores o abusadores sexuales. Además de ser algunos familiares cercanos, suelen ser también el profesor, el médico, el jefe, el amigo e incluso personal de ayuda humanitaria como se ha visto en el reciente escándalo que involucra a varias ONG internacionales, que tienen la misión de apoyar en casos de emergencia o cooperar con los países en desarrollo.

En realidad, son hombres que en su mayoría trabajan, que sonríen, que pueden ser muy simpáticos, buenos vecinos, que saludan todos los días. Los hay guapos, enternados, perfumados, que en sus magníficas viviendas se dejan caer en el cuarto de sus niñas, hijas, hermanas, para jugar a las escondidas, dicen, mientras tempranamente comienzan el toqueteo y el abuso, o intentan aprovecharse de las hijas o nietas de sus empleadas, como aquel gerente de la fábrica de café en que trabajaba mi abuela, que a mis diez años me llamaba para darme un Sucre mientras me mostraba revistas pornográficas. Son hombres bien nutridos, que no han pasado hambre en la vida, ni tienen anemia, como cree la primera ministra Aráoz cuando, en una demostración de su pensamiento racista y clasista, dice que: “La violencia viene de espacios familiares muy dañados, donde probablemente ha habido anemia, desnutrición infantil que no permitió el desarrollo del cerebro y la violencia es aceptada como algo normal en estos espacios”.[4]

Obviamente también los hay aquellos que han pasado desnutrición y que viven en la pobreza, pues el deseo de dominación cruza todos los sectores sociales, las religiones, edades y zonas geográficas. Así lo demuestran las 150 niñas abusadas sexualmente por el PNP Carlos Eduardo Tumes López en Huánuco, descubierto el año pasado, así como las niñas awajún violadas por sus profesores y sobre las que se han hecho 216 denuncias ante las UGEL de Condorcanqui, sin que se haya hecho mucho, habiendo ya prescrito 157 de éstas, como nos menciona en su columna Rocío Silva Santisteban.[5] Asimismo, aunque los violadores se ensañan con menores de edad, tampoco las mayores se salvan. Ha sucedido con ancianas que, estando solas, han sufrido abusos de desconocidos o de conocidos, como pasó hace unos pocos días en San Martín de Porres[6], con una anciana a la que Ariel Soto Picón violó y dejó en un descampado, o con la abuela de una amiga mía en una alejada comunidad rural en Ayacucho, violada por un joven vecino, o con la decena de ancianas violadaspor Milton Quispe Moralesen el distrito de San Antonio de Antaparco, en la provincia de Angaraes, Huancavelica.

Por otro lado, no es cierto que la violencia sexual sea aceptada como algo normal en los espacios donde cunde la pobreza. Por ello precisamente es silenciada, mantenida en secreto, al igual que en los espacios ricos, logrando los violadores que un manto de complicidad se cierna sobre las familias. Subyace también una idea de que las niñas olvidarán, que por ser jóvenes podrán “rehacer” su vida, que el peso del estigma no las perseguirá eternamente, mientras que, si se denuncia, el violador verá cortada su vida, por lo que las familias terminan optando por su protección.

Eliminar de nuestras sociedades el abuso sexual no es una tarea sencilla, ni es un asunto de aplicar la pena de muerte, o de salir a una marcha cuando nos estalla un caso y nos llena de impotencia el ver la vida segada de una criatura. Tienen que confluir una serie de factores, desde una justicia que no sea patriarcal, y que no juzque y revictimice a las mujeres y niñas, una educación no sexista que incluya educación sexual y oriente a maestros y maestras a tratar estos temas adecuadamente, sin dejarse llevar por su propio conservadurismo o el de las familias que, bajo el manto de sus creencias religiosas, intentan controlar los contenidos educativos en el país. Pasa por que en la familia las niñas tengan la confianza para hablar de lo que les está pasando con sus madres, con personas adultas que las pueden proteger, rompiendo el secretismo y la complicidad, pasa por que se legisle, se ponga penas más duras a los violadores y sobre todo que se prevenga con políticas públicas específicas. El combatir el abuso debería ser un compromiso de la sociedad entera, un asunto de suma urgencia, impostergable. Sin embargo, con lo que vimos ayer en la Comisión de Justicia y Derechos Humanos, que tuvo que suspender su sesión donde se iba a debatir precisamente propuestas para enfrentar este problema, porque un buen número de congresistas no asistió, no tenemos mucho optimismo, pero a quienes somos insistentes nadie nos gana.


Por Rosa Montalvo Reino


[1] David Hidalgo, Fabiola Torres y Mayté Ciriaco,“El país de los 3 mil violadores de niñas”, Ojo Público, 8 de febrero del 2018. https://ojo-publico.com/especiales/ser-nina-en-america-latina/peru-el-pa...
[2] Reynaldo Sietecase, “Rita Segato: ‘La violación es un acto de poder y de dominación’”, Diario Digital Femenino, 16 de abril del 2017.http://diariofemenino.com.ar/v2/index.php/2017/04/16/rita-segato-la-violacion-es-un-acto-de-poder-y-de-dominacion/
[3] Karina Valencia y Oscar Cornetero, “INPE: Cifra de presos por violación sexual a menores llega a 7907”, 3 de noviembre del 2017. https://diariocorreo.pe/tema-del-dia/cifra-presos-violacion-sexual-menor...
[4] “¿La violación se origina en la pobreza? Esto dijo la premier Mercedes Aráoz”, La República, 7 de febrero del 2018http://larepublica.pe/politica/1181259-la-violacion-se-origina-en-la-pobreza-esto-dijo-la-premier-mercedes-araoz-video
[5] Rocío Silva Santisteban, “Las niñas awajún violadas”, La República, 13 de febrero del 2018.http://larepublica.pe/politica/1196361-las-ninas-awajun-violadas
[6] “Taxista violó a anciana de 72 de años en San Martín de Porres”, Perú21, 9 de febrero del 2018.https://peru21.pe/lima/san-martin-porres-taxista-detenido-violar-sexualmente-anciana-video-395291