diciembre 05, 2016

¿Por qué se teme al feminismo?

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua el término feminismo se define como la "Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres". Nada escandaloso como vemos. O, ¿acaso sí es escandalosa esta definición por lo que comporta?. Al parecer sí lo es para muchos machirulos e incluso algunas machirulas.

Si nos vamos al artículo 14 de la Constitución nos encontraremos, literalmente, con esta redacción: "Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social." Y, a menos que, por la utilización del genérico masculino, se nos excluya a las mujeres españolas de toda la Constitución, dice que somos iguales y sin discriminaciones. 

Por tanto, si pasamos por alto el sexismo lingüístico de la expresión "españoles" y entendemos que se ha utilizado para englobar a toda la población española, podríamos afirmar que la Constitución, según el diccionario de la RAE es feminista, puesto que defiende que las mujeres debemos tener los mismos derechos que los hombres sin que prevalezca ninguna discriminación por razón de sexo. 

En algunos aspectos se ha avanzado bastante como los casos de las ciudades que se han declarado feministas como Terrassa, sobre la que ya escribí en su momento, y a la que después han seguido Sabadell y Sant Quirze del Vallés. Ciudades que buscan la igualdad de toda su ciudadanía sin distinciones. Sencillamente acatando la Constitución.

Pero cuando se utiliza el término feminista, saltan las alarmas. Y es que el motivo está bien claro. Con una igualdad real se acaban los privilegios. Y el patriarcado, fuertemente arraigado en nuestras sociedades, se alimenta de los privilegios históricamente autoasignados.

El feminismo busca la igualdad de derechos y oportunidades de mujeres y hombres y, por tanto no es, no debe ser únicamente, un tema de mujeres. La reivindicación de la igualdad nos atañe a mujeres y hombres, pero al ser las mujeres las mayores perjudicadas por el patriarcado, somos las que más damos la cara. Pero existen hombres que están a nuestro lado en esta reivindicación de igualdad real que no formal.

El temor de hombres y mujeres al feminismo viene dado por el temor a la pérdida de esos privilegios que se tienen por ocupar espacios tradicionalmente masculinos, por tener que ceder lo que se ha usurpado de forma ilegítima a lo largo de la historia: la igualdad en el derecho al acceso a los recursos de todo tipo, sean estos tangibles o intangibles. Y por recursos me refiero a espacios públicos, privados, riqueza, acceso a la justicia, a la educación, a la salud, a derechos civiles y un larguísimo etc. Pero también y por supuesto a nuestro propio cuerpo de mujeres para decidir libremente si queremos o no queremos ser madres, sin que por ello nos convirtamos en "salas de ejecución" tal y como afirmó un machirulo que anda por la política y que, al parecer tiene las neuronas más sueltas incluso que la lengua, que ya la tiene muy suelta.

Y es que perder privilegios no le gusta nadie y por eso aparece el rebote de toda la caverna cuando surge la exigencia por parte de las feministas de la igualdad. Y es que no pueden evitar llevar en el ADN aquello de las jerarquías masculinas naturalizadas por siglos de discursos patriarcales. Pero no. Señores y señoras de la caverna, la igualdad es un derecho que tenemos reconocido y cada vez que lo niegan, están negando no sólo el derecho constitucional, sino el derecho incluso a la vida.

Y si, digo a la vida y digo bien, puesto que permitiendo la desigualdad para mantener sus privilegios, permiten los asesinatos de mujeres, porque desigualdad y violencias machistas siempre van de la mano. 

Y en ese sentido admiro profundamente a las compañeras y amigas que en estos precisos momentos están luchando dentro de sus organizaciones para que estas pasen a ser también feministas incluso en sus estatutos como forma de declarar que su lucha es, también, un compromiso radical (de raíz) con la igualdad. Pero las resistencias son muchas y fuertes. Y no siempre vienen solo de la mano de los hombres. 

Es triste asistir a esa resistencia de algunas mujeres a la igualdad, pero tampoco la podemos obviar. Del mismo modo que el machismo no es sólo una cuestión de la caverna y existen hombres machistas en todo el espectro político, hay mujeres machistas que no ven con buenos ojos la reivindicación de la igualdad. Triste pero real. 



Es esperanzador ver cómo en los actos a los que vamos acudiendo para sensibilizar en la necesidad de la igualdad para evitar violencias machistas, o cuando hablamos del patriarcado y su apropiación indecente de nuestros cuerpos o de los recursos de todo tipo, van acudiendo cada día más gente joven. Mujeres y hombres jóvenes a quienes, cuando les explicas el término "feminismo" quedan ojipláticos y se preguntan el motivo de la criminalización social de dicho término. Y es justo en ese momento cuando hay que explicar el profundo e intenso interés patriarcal en demonizarlo para mantener sus privilegios históricos.

Se nos criminaliza a las feministas por denunciar públicamente esos privilegios que toman muchas formas. Se nos criminaliza porque no acatamos el orden patriarcal. Se nos acusa por exigir libertad absoluta sobre nuestros propios cuerpos. Se nos intenta ridiculizar por pedir imperiosamente y de todas las maneras posibles que se nos deje de asesinar por ser mujeres. Se nos ridiculiza por poner el dedo en la llaga de las desigualdades. Se burlan de nosotras por buscar otro orden social más equitativo y justo, por buscar relaciones simétricas y con sexualidades no heteronormativas, entre muchas reivindicaciones más.

La maquinaria patriarcal es muy potente y se camufla constantemente para sobrevivir a los logros y exigencias del feminismo, de los feminismos, pero estamos ahí y somos muchas y cada vez son más los compañeros que saben e incluso sufren el patriarcado cruel en sus propias carnes, los que se van sumando a esa exigencia de igualdad real entre las personas. 

Porque como afirmó Simone de Beuvoir, "El feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente". Y eso asusta. Y al parecer mucho y a mucha gente. Pero que cada cual se analice sus propios miedos porque las feministas, las personas feministas no vamos a dejar de luchar individual y colectivamente por ese objetivo final que es el de la igualdad real y en todo los sentidos entre las personas. 

Que se lo apunte el patriarcado, puesto que ese es el objetivo final y radical al que no vamos a renunciar.


Teresa Mollá Castells
tmolla@telefonica.net
La Ciudad de las Diosas

Trabajo doméstico, maternidad y patriarcado: las luchas clásicas que afronta el Partido Feminista

La décima asamblea de la formación política que dirige Lidia Falcón asienta y fortalece sus bases y busca posicionar algunos de los problemas de hoy como el resultado de una herencia de los de ayer.

El coordinador federal de IU, Cayo Lara, junto a Lidia Falcón, presidenta del Partido Feminista, antes de anunciar la incorporación en IU.- EFE/Paco Campos


El feminismo hace mucho que necesita de un plural que lo represente en toda su complejidad. Se ha vuelto necesario hablar de feminismos, con "s", para dar voces a todas esas sensibilidades distintas que confluyen en uno de los problemas principales, que es la desigualdad entre mujeres y hombres y todas las consecuencias que acarrea. "Ya no somos ni el bello sexo ni las esposas, las hijas ni las madres, porque no estamos sometidas a los hombres ni somos tampoco sus compañeras. Porque tampoco somos ya mujeres. Ahora somos una clase en lucha", concluye el informe político elaborado en la X Asamblea del Partido Feminista, celebrada este fin de semana en Madrid. 

Trabajo doméstico, reproducción humana y maternidad, la mujer como clase social o la farsa de la conciliación son algunos de los conceptos y problemas que han tratado en la reunión las representantes del partido que preside Lidia Falcón. La agenda del día venía apretada. "Tenemos que acabar con la violencia obstétrica sin que eso signifique acabar pariendo en el campo a cuatro patas", decía una de las militantes. "El concepto de corresponsabilidad en el ámbito familiar es importante porque el hogar es un foco de desigualdad", seguía el hilo Alma, una de las militantes que se posicionaba a favor de la baja por paternidad por ser un punto que, a la larga, beneficiaría a la mujer: "Así conseguiremos que en las entrevistas dejen de preguntar a las mujeres en edad fértil si piensan ser madres".

"Todos estamos troquelados—sentenciaba Falcón, citando al filósofo Carlos París— por la ideología dominante"

La presidenta de la formación mostraba su desacuerdo en este punto: "El patriarcado y el capitalismo quieren privatizarlo todo, hasta los hijos" y recordaba a Carme Chacón y su vuelta al trabajo 40 días después de dar a luz cuando era ministra de Defensa, o más recientemente, a Soraya Sáenz de Santamaría volviendo a ocuparse de sus responsabilidades como vicepresidenta a los diez días de ser madre. "Tiene que ser responsabilidad de toda la sociedad cuidarlos, y que el Estado se invente los cheques bebés o la baja por paternidad solo son parches para seguir manteniendo el sistema". 

Carolina del Olmo también introducía la idea de la socialización de la maternidad en su ensayo ¿Dónde está mi tribu? y lo explicaba así: "El problema no es tuyo, no es de cada una de las madres o de cada uno de los padres que está en casa agobiado con su bebé, el problema es de todos. Lo que nos falta es (...) resocializar la maternidad. Una lucha contra la individualización del problema".

Victoriano, uno de los tres hombres presentes en la asamblea, se acordaba de Francisco Ferrer y Guardia, creador de la Escuela Moderna a principios del siglo XX: "A los niños nos educaba la tribu, yo me crié en la plaza de mi pueblo con las señoras de los balcones riñéndome", a lo que Falcón respondía: "A ti te educó el Estado fascista, como a mí". Felipe, un hombre de bigote y pelo blanco lo reconocía sin pudor: "Yo he estado educado en una sociedad patriarcal y conservadora". No es común escuchar a un hombre adulto peinando canas pronunciar la palabra patriarcado sin atisbo de mofa. 

"El patriarcado y el capitalismo quieren privatizarlo todo, hasta los hijos"

"Todos estamos troquelados—sentenciaba Falcón, citando al filósofo Carlos París— por la ideología dominante", que no hace tanto era la fascista y ahora es la democrática, sobre todo, de nombre. La presidenta de la formación feminista se mostraba muy beligerante ante la idea de entender a la mujer como "una fábrica de hijos" porque, "cuando pares, tú ya no eres persona, eres madre", y las facilidades sociales para conciliar esa nueva situación vital brillan por su ausencia. De ahí que la mujer muchas veces siga teniendo que elegir entre ser madre o centrarse en su carrera profesional, una cuestión que la mayoría de hombres no tiene ni que plantearse. 

Las tesis del Partido Feminista reivindican que la maternidad es una elección como cualquier otra aunque en palabras de Falcón, "el hecho de parir es una catástrofe" si se toma la lectura capitalista de asumir el cuerpo femenino como una máquina de creación y cuidado de la mano de obra: "Romper con la mística de la maternidad es un alivio para la mujer". Yoli, otra de la veintena de mujeres presentes en la asamblea, defendía a las que se cuestionan el tener hijos y a las que no quieren ser ni madres ni abuelas. Beatriz Talegón, la que fuera dirigente de las Juventudes Socialistas, bajaba la media de edad de la asamblea y rompía una lanza a favor de la maternidad entendida como una libre elección: "Estoy muy orgullosa de ser madre y me da miedo que por ello se me tome por menos feminista". 

La caza de brujas y el trabajo doméstico asalariado

Al ser humano le es imposible vivir sin trabajar, recuerda el informe político del Partido Feminista; tampoco sería posible nutrir la mano de obra de las fábricas —hoy oficinas— sin la existencia del trabajo doméstico. Para que el hombre pase diez horas en su puesto de trabajo necesita que cuando llegue a casa su mujer le prepare la comida y le lave la ropa. 

"La mujer sabe muy bien lo que es tener la mano del Estado sobre su cuerpo"

"Hemos hecho una contribución inmensa al capital y ahora las mujeres presentamos la cuenta", afirmaba Silvia Federici, profesora y activista feminista, defensora de la remuneración del trabajo doméstico, y crítica siempre con el llamado feminismo de Estado por haber "domesticado" las reivindicaciones feministas: "No creo en el feminismo de la igualdad porque presupone que los hombres no están explotados. Igualdad, ¿con quién?¿Con los hombres afroamericanos que están peor que muchas mujeres blancas?"
Portada del libro de Silvia Federici,
'Calibán y la bruja'.
Federici, en uno de sus libros más famosos, Calibán y la Bruja (Traficantes de Sueños, 2014) redibuja las dinámicas de expropiación social dirigida sobre el cuerpo, los saberes y la reproducción de las mujeres, quienes, según la tesis del Partido Feminista, son una clase social dominada, "como es el caso de las otras clases dominadas en el curso de la historia". Es en el modo de producción doméstico donde se encuentra "la causa material de la explotación femenina".


El movimiento por el trabajo doméstico asalariado fue una respuesta a esta cuestión orquestada y defendida, entre otras, por la propia Federici. Buscaron politizarlo para librar a la mujer del sometimiento a las necesidades capitalistas que convence bajo la excusa de que lo hacen "por amor", cuando en realidad "las empobrece—sigue Federici— y esclaviza, las hace dependiente del hombre y la expone a la violencia masculina". Y a la del sistema."La mujer sabe muy bien lo que es tener la mano del Estado sobre su cuerpo. No solo luchamos por cambiar las condiciones de la mujer sino contra una sociedad que desvaloriza nuestra vida para crear así su riqueza".

Por Sara Calvo @Sara_Ct
Fuente: Público.es

diciembre 04, 2016

Halt and Catch Fire: las mujeres también programan

La serie de televisión Halt and Catch Fire rompe la realidad al mostrarnos mujeres como CEO de sus propias compañías de tecnología. Los datos demuestran que son escasas las que trabajan el sector y menos aún las que ocupan altos cargos. La ficción estadounidense ofrece algunos porqués a través de la vida de las protagonistas, Donna y Cameron.


En Halt and Catch Fire las mujeres programan. Y también son CEO en empresas tecnológicas; sus propias empresas. La serie de televisión se sitúa en los años 80 en unos Estados Unidos en los que empieza a despegar el sector tecnológico. No se trata de Silicon Valley sino de su hermana pequeña en Texas, Silicon Prairie. Mujeres teniendo ideas, mujeres construyendo hardware, mujeres generando software. Pareciera hasta normal que las mujeres se dediquen a los ordenadores, a escribir código, e incluso normal para la época que se representa. Pero para nada lo es. Sólo hay que ver las cifras al respecto, eso sí, de nuestro tiempo.

En 2015 las mujeres suponían un 57 por ciento en el total de todas las ocupaciones profesionales y sólo un 25 por ciento de los puestos relacionados con la informática y computación. Según el estudio ‘Women in tech: the facts’, hay incluso menos mujeres en ámbitos como el de desarrollo de software, o en el liderazgo tecnológico, así como en otros tantos campos que tienen un papel clave en la innovación futura. Podemos ahondar un poco más y ver también que un 88 por ciento de las patentes en tecnologías de la información (de entre los años 1980 y 2010) han sido inventadas por equipos compuestos sólo por hombres; mientras que un dos por ciento corre a cargo de equipos formados sólo por mujeres. Cabe pensar que la tecnología que usamos hoy en día está desarrollada por grupos bastante homogéneos de personas.

Si hemos visto que el porcentaje de mujeres presentes es irrisorio, el compuesto por minorías étnicas obviamente lo es aún más. Las mujeres negras y latinas, por ejemplo, suponen un tres y un uno por ciento, respectivamente, en las empresas informáticas.


Porcentaje de mujeres que ocupan puestos en computación, 2015.

La presencia femenina en la industria está debilitándose con unas cifras que son dolorosas. Desde el año 1985 se observa una caída en picado: un 41 por ciento de mujeres abandona su carrera frente al 17 por ciento de los hombres. Y la mayoría de los motivos no se deben a responsabilidades familiares -de las que se siguen encargando ellas a costa de sus trayectorias profesionales-. La dificultad de acceso a puestos creativos y de liderazgo, las pocas oportunidades de progreso y la desigualdad salarial que persiste hoy provoca una insatisfacción laboral que estimula a las mujeres a abandonar. En muchos casos para probar en otros campos.


El porcentaje de mujeres que abandonan sus puestos en computación cae desde 1991.

En Halt and Catch Fire sus protagonistas femeninas tampoco lo tienen fácil. El reparto principal lo forman cuatro personas, mitad de cada sexo: un ingeniero en hardware (Gordon Clark), un aspirante a Steve Jobs (Joe MacMillan), una ingeniera con buenas habilidades matemáticas (Donna Clark) y una brillante ingeniera especializada en picar código (Cameron Howe). Fue en la primera temporada, predominada por los hombres, cuando decidieron darle alas a ellas. Probablemente la cosa hubiera quedado en nada, pero en la ficción las agarraron bien y las usaron para ser las principales conductoras de las dos temporadas siguientes de la serie.

Así que sobre la base que se inició con una invitación y colaboración en el proyecto de Gordon y Joe, la carrera hacia el ordenador personal tras la salida del modelo de IBM, se construyó el imperio de Munity: la empresa de videojuegos de Cameron y Donna. Pero que dos mujeres sean las dueñas y directoras de una empresa tecnológica genera una serie de contradicciones en los 80 y en la actualidad.

Cameron es el ejemplo de mujer a la que representan fuera de una feminidad hegemónica, solitaria, punk y algo macarra. Donna, en cambio, personifica el esquema femenino por antonomasia: delicada, dulce, madre de dos hijas en una familia nuclear de clase media norteamericana. Ambos son casos interesantes para analizar, como mujeres que salen del tipo de identidad ligada al ámbito privado y doméstico, que suelen atribuírseles, y su incorporación a un ámbito dominado por hombres, asumiendo una identidad individual que es habitualmente masculina.


Los actores y actrices protagonistas.

Donna suele estresarse. Y es normal siendo una de las CEO de Munity, pero también lo es porque ve que no llega a todo. A pesar de tener un acuerdo con su marido, Gordon, sus hijas siguen requiriendo de ella unas atenciones que ella no puede corresponder en estos momentos en la misma medida que antes. Ahora es a él a quien le toca ocuparse de las labores de cuidados porque es su turno para llevar a cabo sus metas profesionales. Ya les tocaba cambiar posiciones en la retaguardia. Durante mucho tiempo ha sido ella quien ha sostenido las relaciones, emociones y la seguridad de su familia. Y a pesar de que ella sea ahora la que trabaje fuera de casa, el orden patriarcal sigue considerándola la responsable emocional de su familia y su marido. Esta cuestión le acarreará no pocos conflictos de pareja.

Esta misma responsabilidad se manifiesta en Cameron, pero con otros matices. Ella podría definirse como independiente, solitaria; sin pareja y alejada de su familia de origen. Una mujer bastante individualizada a la que la responsabilidad emocional le hace sentir una carencia social (la sensación de sentirse incompleta) que sólo finalmente creerá solucionada al casarse tras un par de relaciones románticas fallidas.


Estas contracciones suelen vivirlas las mujeres que se incorporan al mundo laboral fuera del hogar. Y sencillamente se debe a la doble identidad que deben aceptar para ello. Las mujeres han asumido tradicionalmente una identidad vinculada al cuidado del grupo (la familia), y a la generación y mantenimiento de sus relaciones. Apoyados en este trabajo, los hombres han creído lograr una mayor independencia e individualidad, y avanzar en sus carreras profesionales gracias al cuidado de las mujeres. Porque sin ellas no sería posible. Cuando en pro de una mal llamada igualdad, las mujeres salieron al mercado laboral, tuvieron que asumir la identidad que ya venían desarrollando junto con una nueva asociada a la masculina.

El problema aquí es que nadie cuida a las mujeres; nadie sostiene sus relaciones, sus emociones cuando salen del ámbito privado y doméstico. Y cuando nadie las sostiene, al contrario de lo que pasa con los hombres, el desasosiego es tal, que la inseguridad y la sensación de sentirse incompletas sólo creen solucionarla a través de una relación de pareja (heterosexual).

Fotograma de la serie.

Son esas contradicciones las principales causas de que las mujeres ocupen pocos puestos en empresas tecnológicas. Las carreras científicas, en cualquiera de sus vertientes, cuanto más verdad le otorguen al discurso de la razón (ese en el que no tienen cabida las emociones), más dominadas por hombres estarán. Y cuánto más alto el puesto en la jerarquía, menos mujeres habrá. La respuesta a esto es sencilla: ellos pueden permitirse ese tiempo, ese cultivo de sí mismos porque tienen mujeres que sostienen, tejen y cuidan sus relaciones. Y es éste el origen de la desigualdad, y por lo que la verdadera igualdad no se consigue sólo cuando una mujer consigue ascender a un puesto de CEO: se logra cuando son ambos sexos los que comparten esas contradicciones, cuando los hombres también cuiden y se hagan cargo de esa identidad vinculada al ámbito privado y atribuida socialmente a lo femenino.

¿Y qué impacto tiene la ausencia de diversidad de género en la tecnología? El precio que se paga desde luego es alto. La consecuencia evidente es la poca representación de la diversidad en la tecnología al ser ideada por grupos de personas tan homogéneos, como decíamos al principio. La segunda es que se siguen reproduciendo roles de género, ya que se reproduce la visión de quienes la desarrollan. De ahí que tengamos, por ejemplo, voces femeninas en todos los asistentes personales (Siri, Cortana, Alexa, Google Now…).

Si algo tenemos que tener claro llegado a este punto es que la tecnología no es neutral. El ejemplo de Halt and Catch Fire es de hecho bastante significativo: lo que comenzó como un videojuego bajo la batuta de Cameron y Donna se tornó con el tiempo en una comunidad donde chatear y hablar con otros jugadores, augurando lo que años después sería una red social. No es que sin ellas no hubiesen visto la luz estas plataformas, pero sí es cierto que las mujeres pueden ayudar a visibilizar la importancia de las relaciones, las emociones y toda una serie de dispositivos sin los cuales los seres humanos estaríamos perdidos. Y tampoco es que sea responsabilidad de ellas esta tarea, pero son las únicas que las ponen en marcha hoy.

Fuente: Pikara

“La culpa es la mejor arma de tortura contra las mujeres”: Elena Poniatowska


Mientras muchos tratan de encumbrarla recordando su origen de princesa polaca, ella, que llegó hace 70 años a México con sus padres y su hermana, huyendo de la guerra, se siente más mexicana que el Mole Poblano. Y, después de 60 años de ejercer el mejor periodismo contemporáneo de su país y de escribir 40 libros de ensayo, novelas, perfiles y entrevistas con los grandes intelectuales de su tiempo, de ganarse todos los premios habidos y por haber, Elena Poniatowska sigue sin acabar de creerse la fama, aún después de ganar el Premio Cervantes, el más importante de las letras hispanas. Tuve la fortuna de entrevistarla cuando vino, en el año 2000, al Primer Encuentro de Escritores Iberoamericanos, que bajo el lema ‘El amor y la palabra’, organizaron Belisario Betancur y Dalita Navarro para reunir, en un momento estelar e irrepetible, a decenas de escritores traídos de todos los rincones del habla castellana. Aquí están algunos esbozos que retratan a la escritora, a la periodista, y, sobre todo, a la mujer más valiente, sencilla, divertida y dulce que he conocido.
¿Qué le pareció Ciudad de México cuando llegó, en 1942?

Una pirámide de naranjas. En la Segunda Guerra Mundial yo era muy niña, pero recuerdo que nos daban un vasito de agua y la mitad de una naranja para exprimirla allí. En México me encontré con calles atestadas de pirámides amarillas de naranjas que daban un jugo maravilloso. Era como beberse el sol.

¿Aprendió rápidamente el español?

Aprendí un español campesino y decía “nadien” o “vide”. Risa. Me tenían que corregir porque lo aprendí con las nanas que eran pura bondad y estaban llenas de esa ternura que saben dar los mexicanos más pobres.

Usted es de mente abierta y liberal. ¿Le molestó estudiar con monjas?

No, fue bonito, porque eran unas monjas gringas, medio charritas y simpáticas y siempre sabíamos qué comían, porque si era Berry-Pie, por ejemplo, tenían los labios morados. Nos enseñaron a rezar, a creer en el infierno y nos remachaban ese sentimiento de culpa que las mujeres arrastramos desde siempre. Yo creo que la culpabilidad es la mejor arma de tortura contra nosotras desde que estamos niñas, porque vivimos entre “noes” y cuando nos rebelamos y decidimos que sí queremos algo y que podemos lograrlo, nos encontramos con que ya nos han roto y nos han barrido del alma muchísimos papelitos de colores, haciéndonos creer que ninguno es para nosotras.

Veo que es feminista militante...

Sí, totalmente, y a medida que avanzan los años lo soy más. México, donde somos el 52 % de la población, se caería en pedazos sin las mujeres, que somos el elemento aglutinador. Los hombres, como usted bien lo sabe, son de “pisa y corre” como los gallos. Hacen muchos hijos con una mujer que luego los cría y los levanta en medio de grandes sacrificios, mientras el hombre anda por ahí, conquistando a otras. Algo se ha conseguido, pero las mujeres que logran llegar es porque siguen los cánones impuestos por los hombres.

¿Es cierto que jamás entrevista a alguien que no admira?

Yo tengo que conocer bien y admirar al personaje, mirarlo en su vida cotidiana y adivinar sus gestos, sus sentimientos y sus presagios. He entrevistado a algunos políticos a quienes odio cordialmente, pero obligada cuando mis jefes me daban una orden y siempre maldiciendo mi mala suerte.

¿Cómo ve la relación entre periodismo y poder?

La distancia con ‘El Príncipe’ es esencial porque el contubernio entre periodismo y poder es perverso.

No debió ser fácil su iniciación en el periodismo...

Es cierto, empecé en 1953 cuando a las mujeres nos refundían en la sección de sociales para registrar bodas, cocteles y muertos, una discriminación insultante. Y nos tocaba “bajar faldas”, o sea, alargar con un plumoncito y tinta china las faldas de las señoras en las fotos, porque seguramente la dirección tenía pánico de que se les vieran los calzones, o yo qué sé. Risa.

¿Cómo logró dar el salto a sus famosos reportajes?

Pues en México había una sigla: MMC, que quiere decir “Mientras Me Case”. Significaba que las mujeres iban a trabajar solo para pescar marido. Un prejuicio denigrante y antifeminista, de manera que había que ganarse la permanencia con paciencia. Y aguantándote las ganas de pelear porque no faltaba quien dijera que si una mujer tenía buen puesto es porque era “una artista del colchón”.
Ha tenido grandes éxitos literarios, pero no deja el periodismo...

Sí, he escrito novelas, cuentos, poesía, pero vivo atrapada en el periodismo. Hoy un poco menos, pero cuando hay una catástrofe en México, la gente me hace “manita de puerco” y yo me siento obligada y, ahí voy.

Su familia llegó, con la ola de inmigrantes que huían de las guerras europeas, a un México que los acogió con generosidad. Hubo cientos de artistas, intelectuales y científicos que luego irradiaron su talento a las artes, la ciencia y la literatura mexicanas. ¿Conoció a algunos?

Cuando yo me inicié en el periodismo había mucha de esta gente que usted menciona. Hice entrevistas con muchos españoles admirables que huían de la Guerra Civil y también a muchos mejicanos de gran calado como Clemente Orozco y Alfonso Reyes. O el pintor Diego Rivera, que tenía una panza como yo no había visto otra.

¿Lo entrevistó?

Sí. Yo no sabía qué preguntarle y como vi que tenía unos dientes chiquiticos le dije: “¿Sus dientes son de leche?”. Me contestó: “Sí, son de leche y con ellos me como a las polacas preguntonas”. Risa. Yo era bastante ingenua y siempre estaba metiendo la pata, de modo que volví a preguntarle: “¿Y por qué son de leche?”. “Ah, porque mi mamá fue una cabra, que me alimentó”, dijo. Puede parecer un poco charro, pero mis entrevistas conquistaron un público al que le gustaba ver qué barbaridades iba a preguntar esta ignorante que no sabía nada. Risa.

¿Cómo era Rivera?

Era muy feo y olía a chivo.

¿Con qué escritores famosos tuvo amistad?

Con Octavio Paz y Carlos Fuentes, que eran más jóvenes, pero también con unos viejos maravillosos y entrañables como Alfonso Reyes y Luis Buñuel, que hacía unas películas rebuenísimas.

En su libro de memorias, ‘Mi último suspiro’, Buñuel cuenta que preparaba unos Martinis “de película”...

Era cierto, pero como Luis era muy coda (avaro), tenía la botella de ginebra encerrada en el refrigerador con un candadote. Risa.

¿Dónde surgió su gran amistad con el escritor colombiano Álvaro Mutis?

En el Palacio de Lecumberri, la cárcel del D.F. Un homosexual preso me escribió invitándome a ver una obra de teatro basada en la historia horrible de un interno llamado El Cochambres. Yo pasaba frente a unos barrotes y oí un grito desesperado: ¡Elena! ¡Elena! Era Álvaro Mutis vestido con su traje de cárcel, flaco, flaquísimo, pero guapísimo. Iniciamos una gran amistad y nos cruzamos muchas cartas entre 1958 y 1959 cuando lo liberaron. En esa época era un hombre muy dolido, pero sin rencores.

¿Influyó ese encierro en su obra?

Esa es una experiencia que uno no le desea a nadie, porque jamás se podrá reponer ni un minuto de vida perdida en el infierno. Pero creo que esa experiencia en el fondo fue buena para él porque nutrió y enriqueció mucho más su sensibilidad exquisita.

‘Hasta no verte Jesús mío’, ha tenido decenas de ediciones y traducciones a otros idiomas. ¿Es un retrato y una denuncia del México marginal?

Sí, algunos temas me caen, y yo digo: “¡Ay!, ¿el cielo qué me mandó?”. Jesusita Palancares, la protagonista, estuvo en la Revolución y es una de las mujeres más valientes que he conocido. Era chiquitica, con una fuerza enorme, como una llamarada de fuego vivo. Le pedí entrevista y me dijo una grosería tan enorme que no puedo repetirla aquí. Fui a verla muy lejos y me puso toda clase de pruebas hasta que al fin accedió a platicar conmigo. De allí surge esta historia.

¿Cómo escribió ‘La noche de Tlatelolco’, sobre la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, en 1968?

Fui a las 6:00 de la mañana del otro día y me impresionó mucho ver decenas de zapatos de mujeres y de niños tirados por todas partes. Las puertas de los elevadores tenían perforaciones de ametralladoras y todavía estaban allí los tanques de guerra. Había un clima de opresión y de horror. Me impactó tanto, que quise reunir voces diversas que resultaron indignadas, solidarias, quejumbrosas, airadas o indiferentes, en un testimonio colectivo y fidedigno de los hechos. Las más valientes eran las madres de las víctimas, que contaban sin miedo todo el horror, y decían: “Si ya perdimos nuestros hijos, ¿qué más nos pueden quitar?”.

El terremoto que casi destruyó el D.F. en 1985 también fue una experiencia terrible...

Tremenda. Escribí ‘Nada, nadie. Las voces del temblor”. Cuando mi padre y mi madre me hablaban de la guerra en Europa, yo la sentía muy lejana, pero cuando me tocó cubrir los estragos del terremoto viví mi propia guerra frente a cientos de casos atroces. Los edificios estaban tan mal construidos que no resistieron. Hubo hospitales con salas de maternidad derrumbadas que aprisionaron a mujeres en el momento de dar a luz. Muchos niños sobrevivieron porque estaban todavía en la negrura de la placenta y podían alimentarse, pero también hubo madres desesperadas que ahorcaron a sus bebés y se suicidaron. Asistir a todo eso fue muy duro, así como comprobar después que la mayor parte de la destrucción se debió a la corrupción porque, para robarse la plata, los constructores ‘ahorraron’ poniendo materiales de segunda.

¿En su caso, cómo ha manejado la fama?

Yo soy una gente que está en su casa escriba que escriba, a la que le gusta platicar con todo el mundo, pero que no tiene problemas de éxito, para nada. Si acaso me reconocen en el supermercado, me preguntan: “Oye Elenita, ¿qué papel del excusado compro: Pétalo o Kleenex?”. Compra Pétalo que es más barato, digo. “¿No estará rasposo?”. No, yo lo he comprobado. Y en eso va mi éxito. (Risa)

Por: Margarita Vidal Garcés
Fuente: El País